Chiara Bellini.
El olor a papel antiguo, café recién hecho y el suave tecleo de los computadores me recibió apenas crucé las puertas de cristal.
Era mi primer día después de firmar aquel contrato maldito.
Obligué a mis hombros a relajarse y dibujé en el rostro la expresión firme que todos allí estaban acostumbrados a ver.
El día avanzó como una avalancha.
Atendí clientes que parecían completamente ajenos al abismo que se había abierto bajo mis pies, revisé procesos junto a los otros abogados y