Enzo Caravelli.
Volví a sentarme en el sillón de cuero. Tomé el vaso de vodka que había dejado a medias e incliné la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. La adrenalina del enfrentamiento en el depósito comenzó a disiparse, dejando solo el cansancio pesado y aquella maldita soledad que parecía ser mi única compañera constante.
El alcohol empezó a hacer efecto, relajando los músculos de mi cuello, y la oscuridad detrás de mis párpados se transformó en una pantalla gris que me arrastró hacia el