Enzo Caravelli
El silencio de la madrugada en Veredonia tiene un sonido propio. Es el sonido del tejido social raspando las piedras antiguas de la ciudad, el susurro de negocios cerrándose en callejones oscuros y el crujido del hielo derritiéndose en mi vaso de vodka.
Eran casi las dos de la mañana. Estaba sentado detrás de la enorme mesa de nogal de mi despacho, iluminado apenas por la luz tenue de una lámpara de lectura y el brillo de mi portátil sobre la mesa. Frente a mí, dos pilas distinta