Luciana estaba inmersa en sus estudios cuando un golpe en la puerta la hizo salir de su concentración. Abrió la puerta y se encontró con Santiago, que sostenía una bolsa de helado con una sonrisa en el rostro.
—Buenas noches, niña mimada —dijo él, con un tono juguetón—. Te traje helado para que miremos películas. Son tus sabores favoritos.
Luciana frunció el ceño al ver los sabores en la bolsa.
—Esos no son mis sabores favoritos, sino los tuyos, Santiago —respondió, tratando de mantener una