Ahora eres mía, bonita.
El cielo estaba gris, acorde al dolor que invadía el ambiente. La tumba de Elizabeth estaba rodeada de flores blancas y rosas, mientras sus familiares y amigos se congregaban en silencio, compartiendo el peso de la pérdida. Todos hablaban de ella como un ser luminoso, una mujer cuya bondad y belleza habían tocado la vida de quienes la conocieron.
Sus hijos, Chris y Santiago, permanecían al frente, inmóviles, con los rostros endurecidos por el dolor. Su esposo, Rodrigo, parecía roto, incapaz d