Rodrigo sintió un golpe sordo en el pecho al escuchar las palabras del médico. Su voz sonaba lejana, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.
—Hemos hecho todo lo posible, pero... la señora Elizabeth ha fallecido —dijo el médico con tono solemne, bajando ligeramente la cabeza.
Rodrigo negó con vehemencia, retrocediendo un paso mientras su mente se rehusaba a procesar la noticia.
—No... no, no puede ser. ¡Usted se equivoca! —exclamó con la voz quebrada.
Antes de que alguien