Sara me llamó a las 6 AM. Estaba en el auto camino a la oficina.
—¿Sigues viva? —preguntó sin preámbulo—. Porque llevamos cuatro días sin hablar y empezaba a pensar que el Tiburón te había comido.
—Perdón. He estado sumergida en trabajo.
—¿Cómo está la vida de casada corporativa?
—Rara. Intensa. No tengo tiempo ni de respirar.
—¿Y León? ¿Sigue siendo solo "negocios"?
Pensé en la cena de anoche. En cómo me miraba cuando hablábamos de cosas que no eran trabajo.
—Sí. Más o menos. Es complicado.
—"