Lunes por la mañana, cuatro semanas después de la ceremonia en Chicureo, desperté con estómago revuelto sabiendo que hoy comenzaba el juicio formal contra Ricardo Solís, el hombre que había matado a mi padre veinte años atrás.
León ya estaba levantado vistiéndose con traje oscuro apropiado para tribunal.
—¿Dormiste algo?
—Poco, tuve pesadillas con el día del secuestro, con los disparos, con sentir la bala rozando mi brazo.
—¿Quieres que Patricia pida postponer tu testimonio?
—No, quiero termina