Érico
Adán la empujó con furia, la cara enrojecida por la ira.
—¡Suéltame, loca! —gritó—. Ya no voy a encubrirte más.
Se enfrentaron como perros rabiosos, destrozándose en el uno al otro frente a mí, escupiendo verdades y mentiras al mismo tiempo. Pero ya era suficiente. Más que suficiente.
Cada palabra era una puñalada. Y con cada frase que salía de sus bocas, sentía cómo un pedazo de mi alma era arrancado sin ningún tipo de anestesia.
Y yo, había sido tan cruel y despiadado con la única person