Era un momento de paz, lejos de todo lo demás, solo nosotros dos en aquella habitación de hotel. Sus besos, su ternura, eran como un bálsamo para el alma, un respiro en medio de la tormenta. Cada caricia, cada gesto, me recordaba por qué alguna vez me enamoré de él.
Decidí mis escaparnos del mundo por dos días en lugar de regresar a su casa o la mía.
—¿Sabías que tienes una pequita justo aquí? —murmuró, rozando mi mejilla con la punta de su dedo.
—Sí, siempre la he tenido. —respondí con u