Pero su esposa Serena siempre se quejaba de que había malcriado a su hija. A Serena le preocupaba mucho porque Quiana ya tenía veinticuatro años y ni siquiera había tenido un novio: siempre se hacía amiga de los hombres.
Serena se preguntó cómo era que ninguno de los amigos de su hija pudiera ser su novio.
Cada vez que oía los regaños de su esposa, Francisco bromeaba diciendo que tal vez podrían tener otra hija que sería educada por ella. Serena le fulminaba cada vez que oía eso.
Ya eran mayores