nuestra pequeña esperanza
Nunca creí que la palabra sobrevivir pudiera sentirse tan extraña en la boca. Incluso la palabra vencer, o estar sana, eran palabras que ya no podía asimilar con aquella facilidad con la cual lo havia antes de que todo esto ocurriera.
Durante meses fue solo eso: una palabra ajena, lejana, algo que los médicos decían con cautela y que Leandro repetía como si fuera un rezo silencioso antes de dormir. Yo, en cambio, no me permitía pronunciarla. Tenía miedo de invocarla