El sonido de los tacones golpeó el suelo de mármol como el redoble de un tambor. Lento. Deliberado.
Todas las cabezas se volvieron hacia la puerta.
Vivienne Carter parecía como si fuera dueña de la noche.
Llevaba un vestido carmesí profundo que se pegaba como fuego líquido, su cabello negro recogido en un moño brillante. Un colgante de diamantes atrapó la luz de la lámpara y la envió a través de la habitación. Ella no se apresuró. Dejó que el silencio se prolongara hasta que se sintió como una