A altas horas de la noche, todo estaba en silencio.
Había un hombre en el palacio oeste.
Henry, que no había pedido a nadie que le acompañara, entró lentamente y solo en el santuario interior, se acercó a la cama de Luna y levantó la mano para pasársela por el pelo largo, seco y castaño...
Soledad tenía el mismo color de pelo.
Respiró hondo y las ganas de llorar le asaltaron la garganta. Qué rápido había pasado el tiempo, los hermanos adolescentes que solían recoger conchas en la playa eran ahor