A Clara le brotó una fina gota de sudor en la punta de la nariz y se apoyó en la barandilla de la galería, con los brazos y las piernas débiles, braceando para no desplomarse.
Levantó la mano y trató de enderezar la corona torcida de su cabeza, pero accidentalmente se enganchó el pelo.
La corona cayó al suelo con gran estrépito, y una gran joya se desprendió de ella.
—Clara ...—Henry la miró fríamente:—¿Por qué hiciste eso?
—Su Majestad, yo ...
—¿Por qué?
¡Henry perdió la paciencia y la tomó por