Los hombres intercambiaron miradas y se callaron.
Soledad se apoyó en la pared del palacio y puso cara de pereza, aguzando las orejas de vez en cuando y jugueteando con el pelo entre los dedos con una sonrisa indiferente en el rostro.
Al cabo de un rato, los médicos llegaron al resultado, el médico a la cabeza se le acercó y dijo suavemente a Soledad: —Voy a inyectarle a su alteza.
Soledad enarcó una ceja: —¿Qué drogas?
—Sin duda favorece su estado. La utilizaba siempre. Tiene un efecto calmante