Ahora Soledad estaba perpleja.
—¿Qué...?
Su corazón latía como un tambor.
No se atrevía a mirarle a los ojos, pero el espacio era tan pequeño, y y la punta de su nariz estaba tan cerca de chocar con la suya... No podría evitarlo.
El cálido aliento del hombre recorrió la punta de su nariz, convirtiéndose poco a poco en un fuego que quemaba su cordura.
Soledad respiró hondo e hizo todo lo posible por mantenerse despierta.
¿Qué podía pensar? Ella no era digna de él, porque ni siquiera tenía identid