Los ojos de Soledad se abrieron de horror.
Miró a Daniel con incredulidad y, de repente, un escalofrío le recorrió la espalda.
El hombre estaba bien vestido y tenía un aire de nobleza, pero sus ojos eran afilados y no parecía una buena persona...
Daniel pellizcó su muñeca, la fuerza no pudo evitar aumentar.
Soledad sintió un dolor agudo y no pudo evitar gritar: —¡Señor, por favor, suélteme!
—No has respondido a mi pregunta.
—¿Qué pregunta? —Soledad pensaba un poco—. Ay, ¿de dónde ha salido esta