De repente, el ambiente se volvió incómodo.
Todos miraban fijamente los platos que tenían delante, pero ninguno movía los cubiertos. Todos esperaban a ver qué iba a pasar.
Efectivamente, el rostro de Domingo se hundió y su mirada se clavó en Carlos como una espada.
Polo sonrió fríamente.
En cuanto al conocimiento de su abuelo, nadie en toda la falimia Juárez lo conocía mejor que él. Domingo odiaba sobremanera que la gente de su propia familia se acercara demasiado a la gente de fuera. Y Carlos u