Acepté asistir al comité, pero lo hice con un límite claro: no lideraría, no tomaría decisiones que otros podrían interpretar como autoridad sobre ellos. No era desconfianza hacia los miembros, ni rebeldía. Era aprendizaje. Había sobrevivido demasiado tiempo siendo objeto de control y expectativas ajenas. Esta vez, si iba a hablar, sería desde un lugar donde la voz importaba por su verdad, no por la jerarquía que alguien hubiera asignado a mi existencia.
El edificio donde se reunía el comité er