El precio de decir no no llega con golpes ni advertencias visibles. Llega con susurros, con pequeñas omisiones, con una corriente de desgaste que nadie firma, que nadie admite. Lo aprendí antes de que pudiera sentir el primer ataque real: las notas de prensa que aparecían con retazos de información distorsionada, los comentarios que surgían en foros como ecos anónimos, y las miradas sutilmente desconfiadas de quienes habían sido aliados o simples observadores. Nadie decía mi nombre con odio. Na