ZOE
El silencio de la noche parecía más denso cuando lo compartíamos. Afuera, el viento se colaba entre los árboles como si buscara entrar. Dentro, el calor de la chimenea no lograba templarme. Dante no hablaba. Yo tampoco. Pero nuestros cuerpos compartían una habitación demasiado estrecha para todo lo que callábamos.
La casa estaba perdida en algún punto de la Sierra, una construcción de piedra y madera que olía a humo seco y a whisky derramado. Apenas llegamos, me ofreció una manta, me prepar