EDMOND
Me quedé sentada en el coche, aún conmocionada por el amargo encuentro con mi suegra, April. La tensión de nuestra reunión me dejó hirviendo de rabia. El aire acondicionado a toda potencia intentaba refrescarme, pero mi frustración persistía. May merecía algo mejor que la presencia tóxica de esa mujer. Los comentarios hirientes de April seguían resonando en mi mente, negándose a desvanecerse. Era difícil de creer que May hubiera soportado tanta negatividad durante dieciocho largos años.