EDMOND
—No estarás enfadada conmigo, ¿verdad? —preguntó Sarah nerviosa en cuanto nos quedamos solas en la oficina—. No te invité a Snuggle en broma ni nada parecido. Yo…
—No estoy enfadada —la interrumpí bruscamente. Estaba harta de sus disculpas y quería respuestas. Sus ojos reflejaban tristeza, y me di cuenta de que tenía miedo: miedo de que la despidiera. Me pregunté por qué había decidido sincerarse cuando Snuggle tenía una política de confidencialidad. —Como ya dije, solo quiero respuestas