—¡Hermano…! —dijo el pequeño, jadeando y feliz, mientras agarraba firmemente su mano.
Esta vez, no iba a dejar que su hermano lo soltara.
Caminando juntos en la oscuridad, notó que su hermano también estaba cansado; sus pasos eran visiblemente más lentos y él podía seguirle sin mucho esfuerzo.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero pronto se encontraron con los hermanos Valenzuela.
Desde entonces, siempre seguía a su hermano Santiago.
Aunque su hermano seguía siendo frío con él, hablándole mu