Mónica sabía que insistir solo haría que Izan se molestara más.
Asintió con docilidad, se despidió de Valentina y se marchó.
Frente a la sala de operaciones, el ambiente era tan tenso que se podía escuchar claramente la respiración de todos.
Al amanecer, la luz de la sala de operaciones finalmente se apagó.
Valentina corrió hacia el médico en cuanto salió, agarrándolo con desesperación.
—¿Cómo está ella?
Su voz temblaba visiblemente.
—El estado es crítico, pero hemos logrado estabilizarla. Sin e