Tras entrar, ambas permanecieron en silencio.
Aitana esbozaba una leve sonrisa; aunque sus rasgos no poseían la delicadeza de Valentina ni la elegancia de Lucía, su confianza inherente a quienes se saben en posición de poder, le confería un brillo particular.
Lucía, por su parte, no le quitaba los ojos de encima desde que entraron. Aitana, imperturbable, solo sonreía con suavidad. Pero la serenidad se vio interrumpida cuando Lucía, frunciendo el ceño y con una mezcla de curiosidad y desdén, insi