180. Dueña de mí
Rylan
Ella estaba deshecha.
Tumbada en esa cama, con el cuerpo aún tembloroso por el placer que le arranqué con la boca, Jenna era una visión que me partía en dos. Una maldición divina, una bendición que no merecía.
Pero el problema no era ella. Era yo.
Estaba destrozado. Mi respiración salía pesada, el cuerpo ardiendo, los vaqueros apretando de forma casi insoportable la erección que latía por ella. Mi lobo rugía, hambriento, exigiendo que la tomara allí, ahora, que clavara mis colmillos en su