El aire en el despacho seguía cargado con la estela de nuestra unión, un aroma a piel, sudor y secretos prohibidos que parecía aferrarse a las paredes. James, con una calma que me resultaba inquietante, se ajustó la camisa y se abotonó el saco. A pesar del caos que acabábamos de provocar entre los documentos, su semblante era el de un hombre que acababa de ganar una guerra. Yo, por el contrario, me sentía como un edificio en ruinas tras un bombardeo: viva, pero tambaleante.
Me puse en pie, oblig