La revelación flotaba en el aire de la oficina, cargada de una electricidad más densa que la del deseo que acabábamos de consumar. El nombre de Emma, pronunciado en la voz ronca de James, parecía haber alterado la composición misma del oxígeno. Me levanté del sofá con las piernas aún temblorosas, movida por una necesidad visceral de conectar con él, de suavizar el filo que su mirada había adquirido al observar la fotografía.
Me acerqué a su espalda, sintiendo la tensión en sus músculos bajo la c