La tensión en la prisión era palpable. Ricardo caminaba de un lado a otro en su celda, sus pensamientos consumidos por la rabia. Aurora lo quería borrar de su vida, como si él nunca hubiera existido, como si todo lo que habían compartido no significara nada para ella. Y peor aún, estaba con Alexander, el hombre que había reemplazado su control, su influencia. El que había logrado hacerla sentir segura, protegida. Amada.
Esa palabra le revolvía el estómago.
La noticia de la anulación era como un