La mañana en la casa Williams comenzaba con una mezcla de caos, risas y un café que apenas lograba mantenerse caliente. El sol entraba a raudales por las cortinas ligeras de la cocina, y el olor a pan tostado competía con el de la lavanda que Aurora colgaba en pequeños ramilletes cerca del ventanal.
—¡Papá! —gritó Emma desde el pasillo— ¿Dónde están mis botas de exploradora intergaláctica?
Alexander, aún en pijama y con uno de los mellizos dormido en brazos, intentaba responder sin alterar el e