El viento de primavera soplaba con dulzura sobre los prados, levantando pétalos de magnolia que danzaban en el aire como susurros de promesas cumplidas. La casa de los López Williams se alzaba al pie de la colina, con las ventanas abiertas de par en par, dejando entrar los aromas de café fresco, madera y tierra mojada.
Era una casa construida no con ladrillos de lujo, sino con paciencia, abrazos largos, cicatrices sanadas y el tipo de silencio que solo puede existir cuando ya no hay miedo.
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