Leyla abrió los ojos de golpe, rápidamente adaptándose a la tenue luz de la habitación apenas iluminada por una pequeña lámpara en la esquina, que había dejado encendida para conciliar el sueño con más tranquilidad.
El problema no fue despertarse en el mismo lugar.
El problema fue “cómo” o la forma en la que se despertó.
Leyla parpadeo, su pecho bajaba y subía como si pesara una tonelada, su cuerpo caliente y febril la extraño, los músculos extrañamente relajados y una presión suave, insistente,