El bosque cambió de tono cuando cayó la noche.
No se oscureció de golpe. Se cerró. Como si cada árbol hubiera decidido guardar silencio al mismo tiempo, dejando que los sonidos se volvieran más nítidos: el roce de hojas, un animal moviéndose a lo lejos, el crepitar lento del fuego que Aron encendía frente a la cabaña.
Leyla observaba desde el porche, envuelta en una manta que no era suya pero que olía a madera, humo y algo más profundo. Algo vivo.
—No usan fuego tan cerca del límite —dijo, romp