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Capítulo 5 Veneno Envuelto en Miel

El aire se electrificó cuando Alessandro cruzó el umbral del salón. Sus hombres lo siguieron, manteniendo una distancia prudencial. Su mirada, fría y calculadora, recorrió el lugar hasta posarse en mí.

​Yo permanecía de pie, tan inquebrantable como una estatua de mármol. Oculta entre los pliegues de mi vestido de novia, mi mano derecha seguía aferrada a la culata de la pistola. El metal frío me recordaba que yo no estaba indefensa. Bastaba un movimiento para terminar con esto, pero tenía que ser inteligente. El juego psicológico apenas empezaba.

​Alessandro se detuvo a unos metros. Esperaba encontrar a una mujer destrozada, pero se topó con una adversaria digna.

​—Veo que no has desayunado —murmuró, acercándose a la mesa para servirse una taza de café con movimientos lentos y calculados—. Es una pena. Debes estar hambrienta.

​—Lo estoy —respondí, sosteniendo mi mano oculta firmemente en el arma—. Pero tengo más hambre de libertad que de comida. Y la única forma de obtenerla es si tú me la das.

​Alessandro alzó una ceja. Una sonrisa que no llegó a sus ojos se dibujó en su perfecto rostro perfilado.

​—No estás en posición de negociar, mia regina. Estás en mi casa, bajo mis reglas. No te daré nada que no te ganes.

​—Te equivocas —di un paso al frente, soltando el arma por un instante para gesticular, fingiendo sumisión—. Ambos estamos en este juego porque tú lo decidiste. Y no importa si me consideras la reina o un peón, la partida no termina hasta que el rey cae.

​Alessandro soltó una risa seca, desprovista de humor.

​—Siempre me han gustado las mujeres con carácter. Pero la terquedad solo te llevará a un camino sin salida.

​—La terquedad es lo único que me queda, ya que me has arrebatado a mi hermana.

​Él se sentó en el sillón, cruzando las piernas con aire de absoluta indiferencia.

​—Bien. Te escucho. Dime qué tienes en mente.

​Me acerqué a la mesa y me serví un poco de café. Mis manos no temblaban; no iba a mostrar ni una sola grieta.

​—Si quieres que una mujer se rinda ante ti, tienes que ganarte su confianza, no actuar como un salvaje.

​—Te recuerdo, querida, que nuestro primer encuentro estuvo marcado por mi buena voluntad. Una voluntad que tú pisoteaste —esbozó una sonrisa cruel.

​—Tal vez. Pero si me permitieras estar junto a mi hermana... podría considerar la opción de que no eres el monstruo que pensé. Si me muestras un gesto de buena voluntad dejando que Sofía pase este encierro conmigo, quizás... yo podría llegar a ser la mujer que siempre has querido.

​—¿Crees que soy estúpido? —el tono de Alessandro bajó a un susurro peligroso—. A estas alturas ya analizaste tus opciones. Si te devuelvo a tu hermana, buscarás la forma de escapar.

​—No lo haré. ¿Quién podría huir de una fortaleza como esta? —respondí, mirándolo fijamente—. Soy una mujer de palabra. Si me concedes esto, cooperaré. Pero si me quitas el derecho de verla, no te serviré de nada. Seré solo un cuerpo sin alma. Y tú no quieres un cascarón vacío, ¿verdad?

​Alessandro se quedó en silencio, sopesando mis palabras. Sabía que yo era astuta, pero su enorme ego era su mayor debilidad.

​—Bien —accedió, poniéndose en pie—. Jugaremos a tu juego. Pero si intentas traicionarme, tu hermana pagará las consecuencias.

​Miró a uno de sus guardias.

​—Trae a la señorita Sofía. Que se quede aquí. Pero no las dejes solas por ningún motivo.

​Minutos después, la puerta se abrió y Sofía entró al salón. Al verme, sus ojos se agrandaron y se lanzó a mi pecho, sollozando de alivio y terror.

​—Daryel... pensé que nunca te volvería a ver.

​La abracé con fuerza, una rara muestra de afecto genuino que pareció sorprenderla.

​—Estoy aquí, Sofía. Todo estará bien —le prometí al oído, sintiendo el peso del arma oculta contra mi costado. Tenía que protegerla.

​Alessandro nos observaba con una sonrisa ladina, disfrutando del espectáculo.

​—Señorita Sofía —interrumpió el capo, usando una voz extrañamente suave—. ¿Le gustaría un poco de té y panqueques con miel? Sé que la noche fue difícil.

​Sofía se tensó al notar su presencia y se encogió detrás de mí.

​—No, gracias —murmuró, aterrorizada.

​—No te preocupes, no te haré daño —insistió Alessandro, dando un paso hacia ella. Su tono era tan extrañamente dulce que daba escalofríos—. Solo quiero que te sientas cómoda. Es la primera vez que tengo invitadas. Quiero que se sientan como en casa.

​—No mientas, Alessandro —lo corté con firmeza—. Sabes perfectamente que no somos tus invitadas. Somos tus prisioneras.

​—Es una prisión de oro, mi amor. Y tu hermana puede tener lo que quiera, solo debe pedirlo.

​Sofía lo miró por encima de mi hombro. El rostro de Alessandro se mostraba extrañamente paciente, lleno de una bondad ensayada.

​—Gracias... —susurró mi hermana, cediendo ante el miedo.

​Un empleado colocó la bandeja frente a ella. Alessandro se sentó justo al frente, clavando sus ojos en la inocencia de Sofía.

​—¿Te gusta la miel?

​—Sí, mucho —respondió ella, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

​—La miel es dulce, te hace feliz. La vida puede ser así de dulce si te dejas llevar, Sofía —Alessandro bajó la voz, transformándola en un susurro hipnótico que pretendía grabarse en la mente de mi hermana—. Yo puedo darte la vida con la que siempre soñaste. Solo tienes que confiar en mí.

​Me quedé helada al escuchar sus palabras. El bastardo no quería romperme a mí... quería ganarse a mi hermana para destruirme a través de ella. Mis dedos volvieron a buscar desesperadamente la culata del arma bajo mi vestido. Un movimiento en falso de Alessandro, y le volaría la cabeza.

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