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Capítulo 6 El Arsenal de Papel

El sol del mediodía se alzó en el cielo, proyectando una luz despiadada a través de los ventanales de la mansión. El cansancio de no haber dormido comenzaba a pesarme en los párpados, pero mi mente seguía funcionando como un torbellino de planes.

​La presencia de Sofía era un alivio, sí, pero también mi mayor debilidad. Recordar la maldita melosidad con la que Alessandro la había tratado durante el desayuno me revolvía el estómago. Sus palabras dulces, su falso interés... El bastardo quería ganársela como aliada para controlar cada uno de mis movimientos.

​Mis pensamientos se cortaron cuando el soldado apostado en la puerta entró al salón.

​—El señor Bianchi la espera en su estudio, señorita Metaxis.

​Me puse de pie de inmediato, acomodando el dañado vestido con mi elegancia gélida de siempre. Sofía me miró con los ojos inyectados en pánico.

​—¿Daryel? —susurró, con la voz rota por la aprehensión.

​Le dediqué una sonrisa forzada, intentando infundirle un valor que yo misma estaba perdiendo.

​—No te preocupes por mí. Solo mantente alerta y, por lo que más quieras, no confíes en nadie.

​Salí del salón sin esperar respuesta, dejando a mi hermana bajo la intensa y perturbadora mirada de los guardias del capo.

​El estudio al que me escoltaron era el fiel reflejo de la mente de Alessandro Bianchi: ordenado, imponente y sumergido en un lujo austero. Él estaba de pie junto a la ventana, observando el vasto jardín con las manos entrelazadas a la espalda. El aroma a tabaco caro y madera inundaba el aire.

​—Buenos días, mi Daryel —dijo sin siquiera girarse. Su voz destilaba una calma exasperante—. Es un placer verte tan... dispuesta.

​—No te confundas —le respondí, y mi tono fue como un látigo de seda—. Estoy aquí porque no tengo otra opción. ¿Qué quieres de mí?

​Alessandro se giró lentamente. Una sonrisa cruel y cargada de anticipación se extendió por sus labios perfectos mientras me recorría con la mirada. Un brillo oscuro encendió sus ojos avellana, transformándose en un deseo salvaje.

​En su mente, la fantasía era explícita: quería atraparme entre sus brazos, arrancar ese vestido de novia que le pertenecía a otro hombre y hacerme suya una y otra vez sobre el escritorio, hasta escucharme suplicar por más. Pero se contuvo. Su orgullo de macho alfa era demasiado grande; el día que me tomara, sería porque yo misma se lo pediría de rodillas.

​—Directa como siempre. Me gusta —admitió, dando un paso hacia mí—. Pero hoy no te llamé para debatir. Te llamé para presentarte el lugar donde pasarás las horas del día a partir de ahora.

​Hizo un gesto hacia una pesada puerta lateral que yo no había notado antes.

​—Allí es donde te espero, Daryel.

​Una oleada de inquietud me recorrió el cuerpo entero. No era miedo, sino una profunda repulsión a los retorcidos juegos mentales de este hombre.

​—No me interesa nada de lo que provenga de ti. Solo quiero mi libertad.

​—Tu libertad es una ilusión —susurró él, acortando la distancia hasta que su aliento rozó mi oído—. La única libertad que tendrás es la que yo decida otorgarte. Déjame mostrarte lo que es ser una reina en mi imperio.

​Antes de que pudiera apartarme, Alessandro abrió la puerta lateral y me empujó suavemente hacia el interior.

​Entré con cautela, lista para defenderme, pero el aliento se me escapó de los pulmones al ver lo que había dentro.

​Era una biblioteca monumental. Un santuario inmenso con estantes de roble que se alzaban hasta el techo, repletos de miles de volúmenes antiguos. Un fuego reconfortante crepitaba en la chimenea, y el olor a cuero y papel viejo llenaba el ambiente. Había sofisticados sillones de lectura y, en el centro, un enorme globo terráqueo de bronce.

​—Esto es... inaudito —murmuré. Mi fachada altiva flaqueó por un maldito segundo ante la magnificencia del lugar.

​—Es tu prisión, Daryel —sentenció Alessandro, cerrando la puerta detrás de nosotros con un golpe seco—. Aquí pasarás tus días, rodeada de historias y mundos. Pero siempre bajo mi control. Mis hombres vigilarán cada salida. Y recuerda: la seguridad de Sofía dependerá estrictamente de tu comportamiento. Mientras juegues a ser una prisionera obediente, a ella no le pasará nada.

​Me giré hacia él, con los ojos echando chispas.

​—¡¿Cómo te atreves a usar a mi hermana para amenazarme?! Estás demente si crees que estas cuatro paredes me van a doblegar.

​—No lo creo, lo sé —Alessandro acarició mi mejilla con el dorso de su mano, una caricia helada—. Te conozco mejor de lo que te conoces tú misma. Amas el conocimiento, la estrategia, el poder. Aquí te lo estoy dando todo. Solo debes demostrar que eres digna de mi benevolencia.

​Le sostuve la mirada con pura furia, pero por dentro, una sonrisa letal comenzó a formarse en mi mente.

​El imbécil cometió el peor error de su vida. Pensaba que me estaba encerrando en una jaula de oro, pero en realidad, me estaba dando acceso a su arsenal. Una biblioteca en la mansión de un capo de la mafia no solo contenía literatura; contenía registros, mapas, historias familiares y los secretos más sucios de los Bianchi.

​Este lugar no sería mi prisión. Sería el laboratorio donde diseñaría su destrucción.

​—Bien —dije, con la voz cargada de un desafío velado.

​Caminé hacia los estantes, deslizando las yemas de mis dedos por los lomos de los libros. Alessandro me observó con una sonrisa de absoluta satisfacción, creyendo que había ganado la ronda. No tenía idea de que mis ojos ya no buscaban una lectura para pasar el rato... buscaban la grieta exacta para derrumbar su imperio.

​Mis dedos se detuvieron en un pesado volumen de historia familiar en el estante superior. Al jalarlo, un mecanismo oculto hizo un eco sordo detrás de la pared de madera.

​Alessandro, que ya caminaba hacia la salida, se congeló en seco al escuchar el sonido.

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