DANTE
Una pequeña risita de mi padre rompió el silencio. Dylan y yo miramos en su dirección.
—Me parece mentira estar los tres juntos nuevamente —nos miró, tambaleándose un poco en su asiento y extendió sus brazos hacia cada uno, colocando sus manos en nuestra espalda— Saben, estoy muy orgulloso de los dos, de los hombres en que han logrado convertirse con y sin mi ayuda.
—Papá, ya estás un poco ebrio, ¿No crees? —señaló Dylan.
—Pienso lo mismo, deberías irte a acostar —agregué, sujetándolo.
—E