Esa última frase estaba cargada de algo que no podía descifrar, pero me dolía como una daga helada, desgarrándome desde dentro. Y todo... porque era completamente cierta.
—Por favor, déjame ir —le pedí, sin atreverme a mirarlo. Mi voz era apenas un susurro que se quebraba en cada palabra.
—Te dejé ir hace mucho, Harper —hizo una pausa; su tono se endureció, rasgando el silencio— Desde esa noche en la estación de tren a la que nunca llegaste.
Su voz estaba cargada de reproche, y con el peso de e