PUNTO DE VISTA DE KIRA
El silencio se había convertido en mi enemigo.
En la quietud de mi cámara, cada crujido del fuego, cada suspiro del viento contra la ventana, se sentía como un preludio. Las palabras de Oriel eran una semilla venenosa y, en la inmovilidad, comenzaban a brotar zarcillos de duda. La tormenta se acerca. No puedes razonar con una ventisca.
Miré el amuleto de madera sobre la mesa. No era más que una pieza tallada. No tenía poder alguno que yo no le concediera. Y aun así, su sola presencia era una acusación, un símbolo de la grieta que ellos creían poder abrir a la fuerza.
Lo tomé entre mis dedos. Estaba liso, tibio por el calor de la habitación. Podía partirlo con las manos. Quemarlo. Eso era lo que exigía la guerrera en mí. Pero la Alfa, la estratega, dudó. Destruirlo sería una declaración de guerra. Le diría a Oriel que su primer tanteo había dado en el blanco. A veces, el movimiento más fuerte es permitir que el enemigo crea que su arma sigue envainada.
Un zumbido