El otoño de 2066 trajo consigo una calma que parecía haber estado esperando.
El árbol de las historias había soltado sus hojas, pero no estaba desnudo. De sus ramas colgaban ahora las piedras de todos los que habían pasado por el fiordo, y cada una brillaba con una luz tenue que se intensificaba al anochecer. Los visitantes seguían llegando, atraídos por el libro, por los sueños, por una llamada que no podían nombrar, pero el ritmo se había vuelto más pausado, más íntimo.
Sol se había adaptado