El solsticio llegó envuelto en una niebla gélida que se aferraba a los valles entre montañas. La ciudad fronteriza era una calle principal, un par de hoteles que servían a camioneros y contrabandistas de baja estofa, y un silencio que pesaba más que la nieve. El hostal Auberge du Passeur olía a sopa de col hervida, tabaco viejo y suelo encerado. Reservé una habitación para tres noches, pagando en efectivo a una mujer con rulos y un delantal, que me dio una llave de verdad con una pesada plaquet