El silencio era lo primero. Un silencio completo, sin el zumbido de fondo de la propia biología. Luego vino la luz. No una luz que iluminara, sino una que era. Un espacio blanco, sin dimensiones, sin gravedad. Flotaba, o tal vez estaba suspendido. No podía sentir mi cuerpo.
A mi izquierda, Lena giraba lentamente en el vacío, sus ojos abiertos de par en par, reflejando la nada blanca. A mi derecha, Daniel Packer se retorcía en un silencio mudo, su boca aún abierta en el grito congelado del momen