El convoy se detuvo a cinco kilómetros del Instituto, en una explanada de gravilla al borde del bosque. La noche era profunda, sin luna, y el frío había afilado sus garras. Packer descendió de su SUV, abrigado con una chaquetón de lujo sin marca, y se estiró como si estuviera a punto de dar un paseo por su finca. A su lado estaba su "técnico de confianza", un hombre delgado con gafas y una maleta de equipos de aleación. Y, por supuesto, cuatro guardias de seguridad más, armados, profesionales,