PUNTO DE VISTA DE JASON
El otoño no trajo la muerte, sino la madurez. Fue una estación de cosechas abundantes y de evaluación. La Sala del Tejido, que una vez resonó con el caos de la creación, ahora zumbaba con la calma actividad de un organismo en funcionamiento. Y fue en esta calma que la semilla del siguiente desafío llegó, no como una amenaza, sino como una pregunta.
Llegó en forma de un adolescente del norte lejano. No era Nax, ni ciudadano de la Ciudadela, ni sureño. Era de las tribus de las Llanuras Altas, gente nómada que vivía más allá de las montañas, a quienes apenas conocíamos más que por el brillo distante de sus hogueras en la noche y el ocasional rumor de sus arreos de renos. Se llamaba Tiernan. Llegó solo, a pie, guiado por las estrellas y por un pergamino desgastado que mostraba una versión tosca del mapa de flujos de Loe, que, nos enteramos, los trovadores habían llevado en sus viajes más allá de nuestras fronteras.
Fue Scott quien lo encontró primero, merodeando ce