PUNTO DE VISTA DE KIRA
El pleno verano trajo consigo una calma sofocante, y con ella, una quietud que no era paz, sino vacío. El trabajo estaba hecho, o al menos, la urgencia se había disipado. Los nodos funcionaban. Las canciones se cantaban. El Consejo del Tejido manejaba los conflictos con una eficiencia rutinaria. Yo, que había sido un puente forjado en la crisis, me encontré de repente en una orilla sin saber cómo cruzar al otro lado.
Los días adquirieron una extraña languidez. Ya no había mapas que descifrar con urgencia, ni mediaciones al borde del conflicto. Mi pueblo no necesitaba mi protección constante; tenían sus propios canales ahora. Mi tiempo se llenó de asuntos de la corte: recepciones, inspecciones, patrocinios. Era un trabajo necesario, pero sentía que me cubría como un polvo fino, alejándome de la tierra y el viento que eran mi verdadero lenguaje.
Lo noté primero en mis manos. Las cicatrices de las batallas y el trabajo áspero se estaban suavizando. Ya no sostenía u