La puerta del café aún no había terminado de cerrarse cuando el sonido de unos tacones rompió el silencio. Gabriel alzó la vista, y su gesto se endureció de inmediato.
Allí, frente a él estaba Emily, radiante, con el cabello perfectamente alisado, el perfume demasiado intenso y esa sonrisa impostada que usaba cuando fingía control.
Caminó directo hacia él, como si el mundo entero le perteneciera, como si todo girara en su entorno.
—Vaya, qué casualidad —dijo, con un tono que de casualida