Las amigas ríen, levantan las copas, celebran, pero yo no puedo dejar de mirar su expresión, porque hay algo roto ahí, algo que no está resuelto, algo que no se siente como felicidad, algo que no encaja con la imagen de una mujer enamorada que va a casarse.
Treinta minutos después la música ya no es solo un fondo, se vuelve un pulso constante que atraviesa el bar, que se mete en el cuerpo y empuja a todos a moverse sin pensar, y Astrid ya no está simplemente bebiendo con sus amigas, sino que e