Úrsula solloza en silencio. Una lágrima tras otra se desliza por su mejilla como si cada una tuviera un propósito preciso. Cristóbal conduce con las manos rígidas sobre el volante, luchando por no mirarla, aunque cada respiración entrecortada de ella lo taladra por dentro. Siente la necesidad de consolarla, pero también una sospecha indefinida le quema la nuca.
Cuando finalmente llegan, Cristóbal se detiene frente a una casa modesta, pequeña, agrietada por los años. No es ni una sombra de lo q