Amara sale del juzgado. La puerta de madera se cierra tras ella con un estruendo que resuena como un eco antiguo en su pecho. Avanza temblando hasta las escaleras de la entrada y, una vez que sus pies tocan el primer escalón, ya no puede sostenerse más. Se desploma, hundida por el peso invisible del pasado.
Las lágrimas comienzan a brotar sin contención, como si los años contenidos en su silencio se soltaran todos a la vez. Sus hombros se sacuden con cada sollozo. La ciudad sigue girando a su